I DO NOT NEED the sun, or rain, or clouds.
Nor laughter, nor music, nor dreams.
Neither awake, nor be asleep.
Nor a weekend, nor one night. Nor a vice, or fortune.
Neither beach, nor the snow, nor the sea.
Muchas imágenes corrían por mi cabeza, veranos, inviernos, playas, campos, países que juntos habíamos visto pasar, pero especialmente uno fue el que más de cerca recordé. En la boca se me hizo ese sabor a miel que ese día probaba en los campos de sus abuelos. El traía una canasta para poner la miel que la abuela, cuidadosamente, sacaba con unos guantes de caucho bien gruesos y rojos, mientras yo observaba fascinada. Esa tarde merendamos panqueques caseros que yo había hecho. El abuelo le untaba la miel que acabábamos de sacar del panal enorme del granero. Fugazmente, interrumpido por algo que lo sobresaltó, se acercó hasta la radio y subió el volumen para que todos escucháramos la balada sesentona que estaban pasando. Elegantemente, le extendió la mano a su esposa y, con un dulce gesto en su rostro, comenzaron a bailar en el medio de la cocina. Nosotros, enamorados, nos miramos y con un suspiro de dulzura nos imaginamos a nosotros mismos bailando una balada de nuestra época actual, en un futuro lejano. Creo que ninguno nunca supo que ambos imaginamos lo mismo, al mismo tiempo.
Un desfile de las hermosas imágenes de ese paisaje me nubló la vista y me entorpecieron aún más la voz.
De pronto volví a mi escenario inicial: estaba frente al teléfono. La escena era negra y fría, mi cama estaba desarmada y me temblaba la mano. “Hola_ repitió la voz del otro lado del teléfono _ ¿Estás ahí?”
_ Si... Respondí.
_ Quería saber como estabas.
_ Estoy bien… Estaba durmiendo.
_ Perdón, aquí son las 4 de la tarde, no he tenido en cuenta el cambio horario.
Hice un silencio, no tenía mucho que decir. El tampoco.
¿Estás bien? Preguntó.
_ Si… Tengo que colgar. Adiós.
Sumergí mi cabeza en la almohada y cerré muy fuerte los ojos.
Ahora era el ruido del despertador el que me sobresaltaba. “Al parecer nada en esta vida pretende dejar en paz”. Me arrastré por la cama hasta salir de entre las sábanas.
¿Me había llamado o lo había soñado? Revisé el teléfono, últimas llamadas. Sí… efectivamente me había llamado. “¿Qué quería?”
Abrí la ducha y, sin mezclarla con agua fría, me metí. El vapor corría por todo el baño y parte de la casa, el frío era intolerable. Mantuve la cara bajo el agua de la ducha hasta que comenzó a quemar, y la saqué. Al salir, me sequé, me vestí y me hice un café. La última vez que había estado por una feria me había comprado un vaso térmico azul que me servía todos los días para no llegar tarde al trabajo: servía mi café en el y salía corriendo a la calle a tomar el colectivo. Así, no demoraba tomándolo en mi casa.
Mi ropa de oficina era cada vez más penosa, casi tanto como mi ropa de salir y mi ropa informal, pero en la oficina ya ni notaban mi presencia. A nadie le gustaba juntarse con gente que no tenía ganas de vivir, o que llevaban plasmado un gesto de disconformidad para con la vida, en la cara. Ésa era yo.
Trabajo en una oficina alojada en un tipo monoblock céntrico, sin aire acondicionado y con la calefacción rota. Tengo pocos compañeros, en realidad muchos, pero pocos en mi sección. Me encargo de la parte de atención de reclamos. Sí, escucho gente quejarse todo el día. Culpo a mi trabajo por parte de todo lo que me pasa.
Es increíble como podes acostumbrarte a la ausencia de una persona que en principio parecía ser todo. Pasó el tiempo y... simplemente, te acostumbraste, al punto de ya ni siquiera acordarte que existe.
Sufriste un día, sufriste dos, sufriste un mes, sufriste un año... y de pronto ya no sufriste más.
Alguien más ocupó su lugar o, quizás, solamente aprendiste a reducir ese hueco al mínimo, convirtiéndolo en una pequeña fuga de luz casi imperceptible.
Saber que tenemos el poder de manejar esa capacidad, si nos lo proponemos, es triunfo asegurado.
Ese domingo te estabas yendo... y yo estallé en llanto. Lloré toda la madrugada y me levanté para ir a trabajar con los ojos desorbitados. Sin encontrar otra opción, caminé por el centro, como todos los demás días de mi apestosa vida y me dediqué a cumplir con todas mis obligaciones del día. Pasaron los días, los meses. Noches y días transcurrían empapados de la más perfecta monotonía.
Llegada aquella noche, camino a mi casa, paré en un kiosco para comprar cigarrillos. Estaba fumando mucho más que antes, “debía ser la ansiedad”, pensé. Una vez ya en mi casa, me desvestí con el mayor desgano. La ropa caía sobre el piso, sabiendo que quedaría ahí por un buen tiempo. Mis manos sin vitalidad alguna, tomaban y dejaban cosas sobre sus respectivos lugares. Mis ojos pestañeaban y mi garganta seguía tragando saliva. Todo mi cuerpo respondía a sus funciones naturales, pero yo no lo percibía.
Me dirigí a la cocina, me sentía exhausta y no sabía por que. Me hice un té y por mi torpeza hice caer la pava y me quemé la mano.
Parecía no haberlo notado, pues mi indiferencia era tal que mi mano dolía garrafalmente, pero mi cuerpo no tuvo reacción mayor que mojarla un poco e ir al baño por un poco de gasa. Ni un grito, ni un gesto exagerado del cuerpo. Estaba más muerta que viva.
Cuando entré al baño y abrí el botiquín, me encontré con una crema de afeitar. "Hace cuanto estará esta crema acá" "Hace cuanto que no abro el botiquín". Instantáneamente comencé a llorar. Podría tirar la crema tranquilamente, ya no me hacía falta. El se había ido. Y la crema no. Al igual que yo. Ambas seguíamos allí.
En un segundo mi llanto se vio interrumpido por la lluvia. El tragaluz del baño hacía demasiado ruido cuando la lluvia era fuerte. Mis ojos débilmente alzaron su mirada hacia el vidrio. Llovía torrencialmente: “Un perfecto escenario para mi situación”, pensé. Me levanté y me encerré en el cuarto. A pesar de haber explotado en llanto, no tuve el valor de tirar la crema y me había olvidado completamente de la venda para mi mano.
Recosté mi cabeza sobre la almohada y comencé a esforzarme por conciliar el sueño, pero no me fue posible en las primeras dos horas. Cuando me di por vencido, analicé la situación en la que me encontraba: no podía dormir, no quería pensar en eso que tanto me acongojaba, me tendría que levantar en breves horas y me encontraba demasiado afligida siquiera para ver la televisión, así que opté por realizar una lista mental de las cosas que debía comprar en el almacén al día siguiente.
El ruido del teléfono estaba haciendo explotar los oídos de todo ese pequeño y viejo edificio remodelado de almagro, o al menos así lo sentía yo. No paraba de sonar y lo hacía cada vez más fuerte. Fue en ese momento que me di cuenta de que me había dormida. “¡Que injusto! Cuando haces el esfuerzo de dormir para no seguir pensando sobre algo angustiante, no logras dormirte, pero cuando comienzas a aprovechar tu insomnio como por ejemplo haciendo la lista del super, te quedas completa y profundamente dormido”.
El teléfono seguía sonando… No habían llamado más de una vez, pero lo que normalmente son un par de campanadas, durante la madrugada se transformaban en miles.
Con gran esfuerzo me estiré y levanté el tubo. “Hola” dije, con mi voz ronca. “Hola”. Respondieron.
De pronto sentí como un hilo de sudor helado me recorría la espalda. Era él.
La frase 'the birds remind me of what we made' siempre me trae algo particular a la mente, cada vez que la escucho. Algo que parecía prevalecer inconsciente. Algo que de alguna extraña manera no se desnuda ante mí, sin dejarme ver claramente que es.
Quizás sea alguna de las tantas mañanas que, amanecidos los dos, nos mirábamos y nos sonreíamos. Quizás sea todos los anocheceres fríos o, tal vez, calurosos que vivimos.
Las hojas de otoños que pisamos, caminando de la mano o los besos largos entre abrazos que nos dimos alguna vez en alguna vereda.
Las noches en que tomábamos cerbeza en algún bar o las risas precipitadas que, entre cariño y cariño, se buscaban mutuamente.
Tal vez, el algo sea simplemente un dejo de melancolía por todo eso. Mejor dicho, nostalgia...
Todos los días siento que es algo tan extraño recordar momentos como esos, por que las sensaciones son mucho muy raras, son agridulces. Es una emoción que crece dentro por recordar lo hermoso que se sentía un beso, lo feo de no tenerlo, el engrosamiento del espíritu que, ya maduro, supo superarlo y cierta exitación e intriga por volver a encontrar esa emoción que tan vivamente recordamos, muy en lo profundo del pecho.
Creo que AMO, por sobre todas las cosas, ese sentimiento agridulce.
Noche fría en la ciudad y un poco de la sensacion agridulce que me provocaban tus abrazos en invierno.
2.8.10
Si me voy, no lo notan.
Si estoy, les molesta.
Si me río, se amargan.
Si me amargo, se alegran.
Si me voy, me reclaman.
Si me quedo, me regañan.
Si lo hago yo misma, me critican.
Si pido ayuda, me subestiman.
Si erro, lo toman como normal.
Si gano, lo desacreditan.
Si razono, no me escuchan.
Si miento, me castigan.
Si escapo, me humillan.
Si evado, me denigran.
Si enfrento, me desestiman.
Si grito, me callan.
Si callo, me gritan.
Si exploto, me ignoran.
Si ignoro, me explotan.
Si sueño, jamas se enteran.
Si sufro, tampoco.
Si lloro, no lo notan.
Si tengo éxito, 'así debía de ser'.
Si fracaso, 'era de esperarse'.
Si desaparezco, se enojan.
Si aparezco, me molestan.
Si digo la verdad, no me creen.
Si pudieran realmente ver...que yo les deseo sólo lo mejor. Me gustaría que así lo hicieran uds. también.
Caótica mi vida, pero en groso modo!
Me tiene harta este estado que está transcurriendo.
1.8.10
Siempre abro la boca y comienzo a emitir palabras que tratan de explicar algo. Se mezclan y forman algún tipo de verdad angustiante o queja sobre algo que pretendo que escuches. Pero siento como si mis palabras y mis angustias no te importaran, y como pones cara de interesado, cuando no te interesa en lo más mínimo. Quizás pienses que soy idiota y no me daré cuenta o quizás... tampoco te importe si me doy cuenta. Al fin y al cabo, poco te importa lo que piense yo de tí. Es ahí cuando yo decido hacer de cuenta que sí te importa y dejo de hablar. Me convenzo a mí misma que es mejor callar para no seguir contando esta angustia que me amargaría aún más y decido callar contigo. Quizas es mejor besarnos o hacer algo que nos interese, como tener sexo o alguna otra actividad que me saque de la cabeza la angustia que me daba vuelta y que te involucre un poco más a ti, para así notar que algo mío te interesa. Que tenemos algo juntos.
No veo la hora de irme a la mierda de aca y no verte un pelo más en mi vida, no tenes idea!.